Dos retoños con historia porteña

Por Juan Castro. A metros de Casa Rosada, un cogollo del Árbol de Guernica recuerda la hermandad vasco-argentina, cuna del segundo fundador de Buenos Aires. En Palermo, atrás de la escultura de Sarmiento hecha por Rodin se conserva el Aromo del Perdón de Manuela Rosas, sitio donde ella charlaba con su padre sobre las disputas entre unitarios y federales.

En una ciudad donde algunos de sus edificios más emblemáticos viven solo en fotos sepia, quedan aún en pie testigos silenciosos de su historia: Los árboles. Desde las raíces hasta sus copas, atesoran las pasiones y luchas de hombres y mujeres de época. Por caso, a pasos de Casa Rosada y en el corazón de los Bosques de Palermo aún dan sombra dos retoños.

Historias de la Nueva Vizcaya

La carabela Cristóbal Colón y dos bergantines navegaron tres meses rumbo al sur hasta anclar en el Riachuelo. El explorador Juan de Garay pisó tierra el 29 de mayo de 1580 y echó a andar. Tardó casi dos semanas en ir de La Boca a la actual esquina de Rivadavia y San Martín (noroeste de Plaza de Mayo), donde, al evocar a los reyes hispanos, el 11 de junio colocó la piedra fundacional de Buenos Aires ante soldadesca, clérigos, aventureros de Asunción. Ese día creó la «Nueva Vizcaya», aludiendo a su tierra. La ciudad de la Trinidad y el Puerto de los Buenos Aires celebraron el raro orgullo de ser fundados dos veces, antes por Pedro de Mendoza (1536).

El acto de Garay contó con un gesto que sus compatriotas vascos iban a repetir: plantó un árbol en suelo porteño en gesto fundacional. Desde entonces las raíces vascas se aferraron a la ciudad puerto.

La «Nueva Vizcaya» creció de a poco, con loteos de tierras y ante la adversidad de ser la ciudad más austral del mundo. El resto es historia: Virreinato del Río de la plata, Revolución de Mayo, Independencia, Guerras Civiles, Unitarios y Federales, Constitución, Generación del 80 y así.

La presencia vasca en todos esos momentos fue importante, en particular a fines del siglo XIX y principios del XX cuando la inmigración representó un gran número de manos que labraron estas tierras.

Muchos vascos se apostaron en los alrededores de San Cristóbal, barrio donde la comunidad tuvo su Plaza Euskara, la cual contaba con la cancha de pelota paleta más importante de Buenos Aires. Su creación obedeció a una reivindicación identitaria: en julio de 1876 el gobierno español suprimió las Leyes originarias Vascas (fueros) que habilitaron por siglos el diálogo entre la monarquía española y los vascos del sur del Pirineo. En Buenos Aires, en marzo del 1877 trece jóvenes vascos se reunieron en el café de Perón 410 (antes se llamaba Cangallo) y crearon la Sociedad “Laurak-Bat” (“Cuatro en Uno”, alude a las regiones vascas peninsulares: Álava, Guipúzcoa, Navarra y Bizkaia) y levantaron sede social en 9 de Julio y Belgrano.

Los jóvenes vascos además compraron para celebrar sus tradiciones el solar de San Cristóbal ubicado sobre Avenida Independencia, entre La Rioja, Estados Unidos y Urquiza (en ese entonces llamada Caridad). Invirtieron 593.000 pesos por aquellos 16.900 metros cuadrados, según San Cristóbal web y CECRA.

La cancha de pelota ocupaba gran parte del muro sobre la calle Rioja. En el ala derecha de la plaza había un sitio destinado al ejercicio de la barra y otros juegos gimnásticos. “Contiene un magnífico juego de pelota, en el que se están ejecutando algunas pequeñas reformas, juego de bolos, juego para la barra, una gran construcción de dos pisos de palcos y ocho órdenes de gradas que se llenan en los grandes partidos, café, restaurant, y bonitos jardines, en cuyo centro se plantó y ha adquirido desarrollo extraordinario un retoño del secular Árbol de Guernica, símbolo de las venerandas libertades de la Euskaria”, contaban en el periódico La Vascongada.

La plaza iba a inaugurarse el domingo 29 de octubre de 1882, pero como había mal clima se pasó al miércoles 1 de noviembre. Ese día se reunió la comisión directiva del “Laurak-Bat” en Plaza de Mayo.

Eran las 13.30 cuando, en compañía de tres tamboriles, dieciséis bailarines y miembros de la orquesta de la sociedad Euskarina, marcharon hasta la Plaza Euskara en cuatro carruajes descubiertos de la Compañía Tranway de la ciudad de Buenos Aires, contratados para el festejo.

El reloj iba a dar las dos de la tarde cuando la caravana vasca se agolpó sobre Avenida Independencia, entre saludos y aplausos de vecinos y concurrentes. Ubicaron a las personalidades destacadas de la fecha en el palco de madera de dos pisos que daba a la cancha de pelota paleta. Lucía banderas de todos los países en gesto de hermandad. Disfrutaron la vista el Dr. Toribio de Ayerza, su esposa Adelaida Zavala (padrinos de la plaza); el embajador de España, Juan Durán; el intendente municipal, Torcuato de Alvear; el presidente de “Laurak-Bat”, Antonio M. de Apellaniz, entre otros.
Sucesos en el verde

Desde entonces la plaza fue un lugar de encuentro donde se vivieron momentos históricos. En primer lugar, uno de los hechos más representativos ocurrió en marzo de 1882: se plantó un retoño del Árbol de Guernica. Así como hizo Garay al fundar la «Nueva Vizcaya», sus descendientes trajeron desde el otro lado del Atlántico el máximo símbolo de las libertades vascas: alcaldes y reyes vascos juraban respetar las libertades vizcaínas bajo este roble que ahora latía en suelo porteño.

La Plaza de Independencia y La Rioja además fue un gran antecedente de la cultura de clubes de barrio. Allí funcionó una escuela de deportes. Llegaron a reunirse más de ocho mil espectadores el 19 de abril de 1885, cuando hubo un duelo de pelota vasca entre “Chiquito de Eibar” Indalecio Sarrasqueta (vasco) y “Paysandú” Pedro Zabaleta (uruguayo), hitos deportivos de su tiempo. Entre los asistentes estaba Domingo Sarmiento, quién felicitó a “Chiquito”, el ganador del encuentro.

El domingo 27 de noviembre de 1892 se inauguró el primer torneo gimnástico anual entre estudiantes primarios. La organización corrió por cuenta del Club Gimnasia y Esgrima. El entonces Presidente de la Nación, Luis Sáenz Peña, y sus funcionarios visitaron la Plaza Euskara.

Otra celebración, registrada por la revista Caras y Caretas, aconteció durante el aniversario de la Toma de la Bastilla en julio de 1900. “En la Plaza Éuscara la concurrencia fué enorme oyéndose entusiastas vivas á la República Argentina y á la Francesa. Por la noche los diversos centros franceses establecidos en la capital abrieron sus salones”. El registro fotográfico muestra el palco de la plaza lleno de concurrentes y banderas de distintas nacionalidades para celebrar el aniversario.

El final: Guernica deja San Cristóbal

A veinte años de su apertura, a fines de 1902, autoridades de “Laurak-Bat” vendieron el solar de la Avenida Independencia. El 15 de noviembre se concretó la operación. Los nuevos dueños lotearon los metros cuadrados y vendieron las parcelas. Más tarde se edificaron algunos de los edificios que aún se mantienen en pie, como es el caso del conjunto arquitectónico donde funciona una farmacia.

En cuanto al árbol de Guernica, una vez vendida la plaza se trasplantó a la sede de “Laurak-Bat”. Por desgracia se secó. Con su madera los socios armaron un “sillón de bella talla” que, desde entonces, usan los presidentes de la entidad. “En su lugar se plantó solemnemente otro retoño de un metro y medio de altura, traído de Guernica, que lleva en la institución 71 años convertido hoy en un roble gigantesco”, destacan en “Laurak-Bat”. Vale recordar que en 1937 se ensanchó Avenida Belgrano, por lo que demolieron la sede y armaron una nueva, la actual, presentada al público el 21 de octubre de 1939. La sede social es un “Bien de Interés Histórico Artístico” por el Decreto de Nación 1163/2014.

El monumento a Garay y un nuevo Guernica

En la Argentina post Centenario se celebraba con énfasis cada nueva inauguración en el espacio público. Por caso, el viernes 11 de junio de 1915 en la plazoleta “11 de Junio de 1580” (Ordenanza Nº 21.975-1966, BM Nº 12.973), ubicada hacia el norte de Casa Rosada, se presentó un monumento a Juan de Garay. El bronce del fundador de la «Nueva Vizcaya» fue levantado en un nuevo aniversario de su proeza ante una Comisión de Homenaje, integrada por diputados nacionales y de Santa Fe, que se encargó del monumento.

También asistió el entonces Presidente de la Nación Victorino de la Plaza. La estatua fue hecha por el alemán Gustav Heinrich Eberlein (1847-1926). Al pie del monumento ubicaron los escudos de las cuatro provincias vascas: Vizcaya, Navarra, Alava y Gúipuzcoa. “La ceremonia revistió gran solemnidad y una verdadera muchedumbre llenaba la calle alrededor del monumento”, indican las crónicas de época, entre ellas la de Caras y Caretas número 872. El diputado Cantilo hizo entrega del monumento al municipio porteño en representación de la Comisión de Homenaje.

Al poco tiempo hubo un acuerdo entre vascos porteños y peninsulares, con pedido a autoridades vascas de por medio, para plantar un retoño del Árbol de Guernica junto al monumento a Garay. “Laurak-Bat” estuvo detrás de todas las gestiones y concretó su objetivo con un festejo el 11 de mayo de 1919. Las crónicas de época, que figuran en el periódico La Vascongada, narran que hubo baile hasta la madrugada en la sede social de Laurak, aparte de fervor en las calles por la buena nueva.

Al pie del árbol, una placa de bronce reproduce el frente de la diputación y en lengua vasca se lee: “Este roble es el árbol de Guernica. Simboliza las libertades baskas”.

La historia vasca empezó con un árbol plantado por Garay para fundar la ciudad de Buenos Aires. Sus descendientes disfrutaron veinte años de vida social y deportiva a la sombra de un Guernica en San Cristóbal. La intensidad de este pueblo late en tierra porteña.

El Aromo del Perdón de Palermo

Una charla de padre a hija, a la sombra de un aromo frente a un caserón de la Buenos Aires de medidos del siglo XIX. De lejos, la postal inspira ternura. Pero allí, Manuelita Rosas, a la sombra de ese aromo, rogaba al Restaurador de las Leyes por la vida de los disidentes. Casi siempre, el caudillo hacía lugar a sus pedidos.

Un retoño de ese aromo se encuentra escondido en Libertador y Sarmiento, donde estaba situado el caserón Palermo de San Benito, residencia de Juan Manuel de Rosas, quien gobernó dos veces la provincia de Buenos Aires con facultades extraordinarias y la suma del poder público (1829-1832 y 1835-1852). En aquella época cruenta, Manuelita (1817-1898), la joven que luce rosada y punzó en el billete de 20 pesos junto al Restaurador, además de ser anfitriona de políticos y diplomáticos, cumplió “el rol de la misericordia” con los opositores de su padre.

Los suplicantes, acusados de unitarios y conspiradores, salían de la aldea porteña y cabalgaban hasta Palermo por la huella de tierra que hoy es Avenida del Libertador. Manuelita, virtual primera dama tras la muerte de su madre, Encarnación, en 1838, los recibía y escuchaba paciente.

“Los asuntos personales de importancia, como confiscaciones de bienes, destierros y hasta condenas de muerte, se ponían en sus manos como postrer esperanza de los caídos en desgracia”, evoca William Mac Cann, cronista inglés que visitó a Rosas a fines de los años 40. Esta rutina, junto a sus charlas con el Restaurador bajo el aromo, convirtió a la joven en mito popular. Hasta Carlos Gardel llegó a cantar en su honor. “Es su ángel de la guarda Manuelita, y la ley no resiste a su bondad”, voceaba en el vals criollo “La virgen del perdón”.

El caso más famoso fue el fusilamiento de Camila O’Gorman, que se había escapado con el cura Ladislao Gutiérrez. Manuelita rogó por la suerte de su amiga ante el Restaurador pero éste se mostró más permeable a las exigencias del clero y ordenó fusilarlos.

Para los opositores como Domingo Sarmiento, Rosas hacía un uso político de su hija. Otros elogian que ella daba “consuelo al infortunio sin medida”, tal como reza un soneto de Vicente Martínez Fontes. En medio de críticas y elogios, la joven llevó una intensa vida social, según recuerda su primo, el escritor Lucio Mansilla.

Así fue hasta el 3 de febrero de 1852, cuando, en la batalla de Caseros, las fuerzas del entrerriano Justo José de Urquiza derrotaron al Restaurador. Ese día Manuelita “vivió la hora más angustiosa de su existencia”, según el historiador Carlos Ibarguren. Dejó Palermo al anochecer y se reunió con Rosas, abatido, en la legación británica. Esa madrugada padre e hija marcharon a Inglaterra. En Europa la joven inició una nueva vida. Se casó con su prometido, fue madre y tuvo una vejez tranquila.

La residencia de Rosas fue confiscada. Sarmiento inauguró allí el Parque 3 de Febrero, en honor a Caseros. El 3 de febrero de 1899, el presidente Julio Roca y el intendente porteño Adolfo Bullrich decidieron dinamitar el edificio. En el número 18 de la revista Caras y Caretas, Fray Mocho condenó el “atentado” de destruir “de un puntapié algo que a los sabios del futuro les costará muchas vigilias reconstruir”. Donde estaba la habitación de Rosas colocaron la estatua de Sarmiento hecha por Rodin.

El aromo quedó en el olvido hasta que en 1974 la Ciudad colocó una verja de hierro y una placa que reza: “Aromo de Manuelita. Lugar histórico testimonio de una de las épocas más importantes de la vida nacional”. Escondido por la arboleda, el aromo del perdón aún da sombra, como en los años donde una charla de padre a hija condensó la violencia política del siglo XIX.

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